jueves, 12 de diciembre de 2013



La meditación podría cambiar nuestros genes

La práctica de la meditación, aparte del beneficio psicológico, provoca una sensación de relajación física en nuestro cuerpo. Un estudio de la  Universidad de Wisconsin-Madisonha (EE.UU.) ha mostrado indicios que los efectos de este estado de abstracción mental podrían ir más allá de la distensión muscular, al generar una alteración en la expresión de nuestros genes. Se trata del primer trabajo científico en abarcar esta temática.

Para obtener esta conclusión, el equipo analizó los efectos de un día de meditación consciente en un grupo de sujetos aficionados a dicha práctica en comparación con otro grupo de control que realizaba otro tipo de actividades silenciosas. Las observaciones mostraron una serie de alteraciones moleculares en los primeros tras el desarrollo de la actividad, en concreto una baja regulación de los genes  RIPK2 y COX2 implicados en el proceso inflamatorio, que conlleva una rápida recuperación ante una situación estresante. Los autores aseguran que se trata de una evidencia de que la práctica de la meditación desencadena alteraciones epigenéticas en el genoma. De hecho, como explica Perla Kaliman, autor principal del artículo e investigador en el Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IIBB-CSIC
-IDIBAPS), donde se llevaron a cabo los análisis moleculares, "los cambios más interesantes, se observaron en los genes que son los objetivos actuales de los fármacos anti-inflamatorios y analgésicos", apunta. 

Estudios clínicos previos habían sugerido que la meditación es capaz de moldear las áreas de materia gris cerebral relacionadas con la memoria, la empatía y el estrés, y desencadenar de esta forma un importante beneficio corporal. No obstante, los expertos se muestran cautos y afirman que es pronto para ensalzar la meditación como una nueva terapia médica.  



martes, 3 de diciembre de 2013

Hallan el meteorito más antiguo procedente de Marte
Un grupo de científicos de la Universidad de Florida (EE.UU.) ha identificado el meteorito marciano más antiguo hallado hasta la fecha, que dataría de más de 1.700 millones de años. La roca, de apenas seis centímetros de diámetro, habría vagado por el espacio durante este tiempo hasta finalmente impactar en nuestro planeta el pasado año en el desierto del Sahara.

La roca ígnea NWA 7533 es el primero de cinco fragmentos que se atribuyen al mismo meteorito, fragmentado al entrar en la atmósfera. El análisis geológico ha revelado que se trata de una brecha regolítica, es decir, un material formado por la compactación de distintos minerales a lo largo del tiempo. La presencia de piroxenos, característicos de las rocas basálticas analizadas en la superficie marciana, y de zircón, un mineral de gran antigüedad, revelan que procede de la corteza primigenia del planeta, formada hace aproximadamente 4.000 millones de años.

La cifra de meteoritos marcianos identificados oscila entre 60 y 100, aunque según los científicos, el número de fragmentos rocosos que aterrizan en nuestro planeta es mucho mayor. Sin embargo, la mayor parte de ellos nunca llega a descubrirse debido a la dificultad para localizarlos en zonas oceánicas (que suponen dos tercias partes de la superficie terrestre) y la dificultad de adquirirlos ante la compraventa de meteoritos en las zonas desérticas.

El hallazgo arrojará información valiosa sobre el proceso de formación de la corteza marciana, y por ende, sobre la formación de la corteza de la Tierra y la Luna, puesto que todas ellas se originaron en el mismo periodo.
El cráneo que pone en duda la clasificación de los homínidos
Un cráneo de hace 1,8 millones de años encontrado en el rico yacimiento de Dmanisi, en Georgia, ha sacudido el mundo de lapaleontología. Según los paleoantropólogos de la Universidad de Zúrich (Suiza), estos restos sugieren que los primeros miembros del género Homo que vivían al mismo tiempo en Asia y África (Homo habilis y Homo erectus) pertenecerían en realidad a la misma especie.

D4500, como se conoce técnicamente el cráneo y su mandíbula (D2600) son las primeras piezas encontradas y completamente conservadas del cráneo de un homínido adulto que habitó en la zona a principios del Pleistoceno, hace unos 1,8 millones de años. El volumen del cráneo (importante para conocer el tamaño del cerebro) era de unos 546 centímetros cúbicos (los Homo sapiens actuales tenemos una capacidad de unos 1.400 centímetros cúbicos) y su cara era alargada. Estos datos coinciden con la morfología otras especies fósiles de Homo  encontradas en África lo que implicaría “la existencia de un único linaje evolutivo de los primeros Homo , con continuidad filogeográfica en todos los continentes” explican los investigadores en el artículo científico aparecido en la revista Science.

Básicamente, lo que proponen los paleontólogos es que lo que habitualmente aparecía dividido, 'Homo habilis', 'Homo rudolfensis' o 'Homo erectus', se consideren una única especie. Esta clasificación englosaría como ‘Homo erectus’ los restos fósiles descubiertos en África en los años 60 datados de hace 2,4 millones de años así como los encontrados en Europa y Asia datados hace entre 1,7 y 1,2 millones de años.

Algunos investigadores han mostrado su disconformidad con las conclusiones del polémico artículo apuntando que “van más allá de lo razonable". En cualquier caso el hallazgo reabre un debate que requerirá de pruebas más concluyentes y un mayor estudio paleontológico y geológico para llegar a una quorum científico al respecto.